Cae la noche

La historia de una mujer que busca escapar de una vida que no acaba por complacerla y contacta con un extraño joven.

El reloj ya marca la hora a la que él debería aparecer. Ella le busca sentada en la suerte de bancada que antecede al ventanal que la separa de una calle apenas transitada en ese instante. La noche ya ha hecho acto de presencia, y lo que antes se antojaba como un cielo mortecino, ahora es la antesala de la negrura cual boca de fiera. Apenas el sucio suelo de las calles de esa ciudad es iluminado por la mortecina luz de unas farolas que no parecen siquiera esforzarse por cumplir la única función para las que han sido creadas.

Ella observa, con cierto anhelo, con incertidumbre, mostrando a través del repiqueteo de sus dedos sobre su muslo la presencia que por ahora brilla por su ausencia. Sus ojos, del color de la madera caoba de las tierras lejanas, buscan entre las sombras que se antojan proyectadas entre los edificios, en cada uno de los rincones. Nada, por ahora. 

Comienza a plantearse, a pesar de los escasos minuts de espera, si ha merecido la pena, si en verdad no se ha hecho simples fantasías en cuanto a ese caballero andante que con resplandeciente armadura, la fuera a sacar de su monótona existencia, de su aburrido letargo en el que apenas ser consiente se había ido hundiendo día tras día, en un trabajo que apenas le era atractivo, en una rutina que apenas la tenía saciada, aunque sí  mantenida.

Duda de si ha hecho lo correcto al elegir esos ropajes, si esa camiseta y esa falda escogidas para una cita desconocida son lo más adecuados para darse a conocer. Nada sabe de él, más que unos pocos rasgos, más que una somera descripción en la que se ha presentado como alguien capaz de hacerla vivir una experiencia inolvidable, alguien que puede arrancarla de la propia existencia y dejar volar su imaginación. Le pareció tan pretencioso, tan divertido, que le dio una oportunidad, tomándolo como otro vanidoso que hubiera acudido a esas redes a presumir de aquello que más podía carecer.

Y sin embargo, algo en su interior, algo en lo más profundo de su existencia, le exigía creer que era cierto, que debía confiar, que debía esperar, que lo verí aaparecer. Y así fue.

Se irguió en ese asiento, acercándose al cristal, dejando que su respración, algo alterada, empañara la superficie, obligándose a tener que lipiarla para poder ver a su acompañante. Ladeo la cabeza ligeramente extrañada, al verle plantado bajo aquella farola, portando un tres cuartos de un azul marino impecable, abierto, dejando entrever una camisa blanca y una corbata del mismo tono, con chorreras y gola. Algo extraño, formal, y a decir verdad, exótico, antiguo, en cierta medida, o al menos, esa era la sensación que recorría su cuerpo. Había confiado en la juventud de su visitante, en siendo tan atrevido, plantarse como apenas un inberbe que no sabía lo que era el destete. No le hubiera hecho ascos, si bien se lograba ganar unas cuantas sacudidas, si bien la hacía estremecer aunque fuera unos minutos... pero aquél... ser, tenía algo más.

Lo que más impactaba a la doncella era que la figura tenía alzada la cabeza, pero ocultaba sus facciones en la sombra de aquél viejo fedora que hiciera juego con el conjunto. La figura, a imagen y semejanza de un detective marchito por el alcohol y los casos de asesinatos perdidos, permanecía inmóvil, impertérrita. 

Ella siguió observando, buscando con sus ojos algo que le evocase una reacción, que confirmase si era él quien debía acudir a sus brazos o al menos hasta su puerta. Se estremeció al notar cómo la figura alzaba el rostro y bajaba las gafas de sol que portaba.  Dos ojos que parecían brillar como la plata se clavaban en su efigie, como si de dos puñales afilados se tratasen, tan repentinos como mortales. El hombre se puso a caminar en dirección al portal y ella, como si quisiera no perder detalle, lo fue siguiendo por todo el recorrido, nerviosa, deseosa, intrigada.

Lo perdió de vista, y pareció que el mundo dejase de respirar por unos instantes, por unos segundos en lo sque ni siquiera su propio corazón pareciese latir. Cuando el timbre de su piso sonó, casi como una exhalación fue corriendo, descolgando el aparato y preguntando con vo trémula.

  • ¿Sí...?.- tenía la mano sobre su pecho, notando el repiqueteo del tambor que albergaba en su interior.

 

  • Ya sabes quién soy... abre...- sonó de tal forma que era imposible negarse a aquello que parecía un mandato real, una orden a acatar a expensas que de no hacerlo, se trataría como una traición.

Ella asintió y pulsó el último botón que les separaba, pues una vez escuchado por el interfono el cómo la puerta se abría y cerraba, colgó. Acto seguido, abrió la puerta, dejándola entornada y se retiró unos pasos hacia atrás, sin saber exactamente qué era lo que debía esperar, qué era lo que esa noche le tenía preparada la diosa fortuna.

Podía escuchar los pasos por las escaleras, lentos, pesados, pero inflexibles, constantes, haciendose notar sin ser algo exagerado. Quería ser escuchado, precedido por la tensión, por la emoción. Parecía un acto cien veces ensayado, pues la mujer temblaba como un flan, incapaz de pensar, de razonar, dándose cuenta de todo lo que había hecho, de lo que sucedía, y de lo que podía acontecer. Había sido una inconsciente, dejándose llevar por el anhelo de una vida que no disfrutaba, de una emoción que ya no sentía y sin embargo... había perdido por completo el sentido común, dejándose seducir por unas simples palabras y unas promesas que podían estar completamente vacías.

Abrió los ojos, asaltada por el raciocinio y la más pura lógica, peor en cuanto quiso andar para cerrar la puerta, para olvidar todo y dejarlo atrás, ya era demasiado tarde. Los pasos llegaron al umbral, la mano, enguantada, empujó la madera, abriéndola por completo.

Ella quedó quieta, como un animal que se sabe acorralado, preso de los designios ajenos, desprovista de toda libertad. Él, con la misma parsimonia, se adentró en la estancia, cerrando a su espalda. El pestillo, al quedar clausurado, pareció resonar como el martillo de un juez que dicta sentencia.

  • Buenas noches.- su voz era dulce, joven.- es para mí todo un placer estar aquí.- se quitó el sombrero y se lo llevó a la altura del pecho, haciendo una leve reverencia.

Ella quedó estupefacta al comprobar los rasgos de su acompañante. Apenas no parecía llegar a la treintena y ella bien que la hubiera superado. Por sus formas, pese a lo que sus rasgos decían, parecía alguien que pretendía mostrar una edad que no correspondía, con ese aspecto, con esa educación. No se esperaba a un caballero, a alguien así vestido, aunque si era sincera consigo misma, no sabía qué esperar. Ella, al contrario que él, estaba muda, incapaz de pronunciar siquiera una sóla sílaba.

Él sonrió, de forma inocente, alzando la mirada con decisión, mostrando dos ojos del color de la luna llena. 

  • Vaya... no esperaba causar ésta impresión, aunque entiendo que resulte extraño dado mi aspecto y lo que apenas hemos compartido por escrito previamente. Sé que por mis palabras, bien pudiera dar la sensación de ser alguien con el doble de edad, versado en las artes y seguro de sí mismo. Bueno, en ésto último he de reconocer que lo estoy. Estoy completamente convencido de que soy aquél que buscas, aquél que te hará salir de esa vida que a día de hoy tienes.- se quitó las gafas, el sombrero y el abrigo, doblándolo y dejándolo en el perchero al lado de la puerta.

 

  • Pero...pero si apenas...pero si no tienes edad para... pero... ¿siquiera sabes algo?.- comenzó a negar con la cabeza, incrédulo de lo que contemplaban sus ojos. Se había hecho excesivas ilusiones, creído las propias fantasías que ella misma se había generado, y ahora, ante ella, un crío que era pura fachada, un boceto naif de lo que el mundo del sadomasoquismo creía representar. - perdona...pero... esperaba...esperaba algo más...

 

  •  Oh... vaya... mis disculpas por ésta decepción entonces, pero quizá y sólo quizá, deberías darme una oportunidad. Al fin y al cabo, te he visto temblar mirando por la ventana, necesitada, ansiosa por abrir y dejarte llevar por ésta primera cita. No te culpo, la verdad, pues es cierto que dada mi faz puede llevar a engaño y más presentándome como dómine... pero no te equivoques, no pasará de ésta noche que me pidas, de rodillas, que te haga experimentar todos y cada uno de los placeres que albergo en mi mente, que te haga partícipe de todas mis ideas, y de que me supliques, con ardor y con devoción, que te haga mía...

Ella elevó una ceja. Quería reír, burlarse, y sin embargo, la seguridad con la que se había pronunciado era algo digno de admiración.

  • Si tan seguro estás...adelante. Tienes una oportunidad, una única oportunidad. Demuéstrame cómo voy a caer rendida a tus pies...- aquello lo dijo en un tono burlón.

 

  • Descuida, pues el espectáculo va a comenzar... ¿podemos tomar asiento? Te aseguro que no te arrepentirás...-

Wulfnar

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