Una copa de vino

La mujer siente que no se cumplen sus expectativas, hasta que la aterradora verdad se muestra ante ella...

Ella irguió una ceja ante lo que había dejado de ser una actitud impositiva. Esas palabras quedaban alejadas del tono autoritario que le hubiera conferido en su imaginación a alguien que se había mostrado como el amo que ella requería. Un amo no hace esas cosas, un dominante no lo pide por favor, toma lo que quiere, como quiere y cuando quiere. Ese…zagal…estaba lejos de ser lo que ella siquiera atisbaba como el cambio que tanto ansiaba.

Su línea de pensamiento se vio rota cuando escuchó cómo el invitado colocaba la silla que hubiera retirado de la mesa, ofreciendo con un suave gesto de la mano que ella la ocupara. Con los labios entreabiertos, como si quisiera articular palabra, se acercó a esa posición, permitiendo que el joven la acomodara, aún con ese aire de cierto cinismo e incredulidad, de falta total y absoluta de confianza. Su yo más interno se debatía en una vorágine de reproches y acusaciones para consigo misma, habiéndose abandonado a un sueño que a todas luces era idílico, platónico, irreal. Y ahora, pagaría el infantilismo de su actitud. En la última mirada que le dedicó antes de que él tomara el correspondiente asiento, podía verse implícita esa desazón, esa decepción. Por mensaje, tan sólo emitió un suspiro.

El extraño había obrado con meticulosidad, no esperando mayor reacción de su compañera, de su anfitriona, tomando cierta libertad al alterar el espacio que configuraba su cita. Sus movimientos eran gráciles, naturales, casi como supiera exactamente donde se hallaba cada cosa y dónde debía acabar. Quedaron separados por la distancia justa para que ninguno de los dos, salvo que hiciera un esfuerzo, pudiera alcanzar al otro.

Él cruzó las piernas y sobre su rodilla, colocó entrelazadas sus manos. En su rostro, una sonrisa, y en su mirar, quizá la inocencia de alguien que tiene un planteamiento distinto a lo que una noche de sexo salvaje, sin miramientos, sin ataduras a la moral, podía acontecer.

En su contra, los ojos de una mujer que comenzaban a deshacerse de esa curiosidad, de ese misticismo e intriga y casi parecían buscar un reloj que no encontraban, o una excusa adecuada para acabar la velada siquiera antes de haberla empezado. Ella, debido a su atuendo ciertamente provocativo, tenía impedidos algunos movimientos si quería evitar enseñar demasiado, cosa que en otras circunstancias, con gusto hubiera hecho, llegando a recostarse sobre la mesa para que sus pechos fuesen aún más llamativos. Pero el ánimo distaba de ese juego.

  • Es ahora normalmente cuando se suele ofrecer una copa, algo de beber con lo que poder empezar la conversación, pero a todas luces, querida, todo indica que deseas terminarla con prontitud. Tan sólo debes decirlo, pronunciar las palabras, y tomaré la puerta por la que he venido, y sin embargo, ambos sabemos que de hacerlo, siquiera cuando haya bajado varios escalones del portal…gritarás desde aquí que vuelva a subir, que tu curiosidad puede más que la decepción que sientes, de lo desoladoras que han sido tus pretensiones para encontrarte a un…crío, o al menos tus ojos me miran así.- hizo una pausa, dejando que sus palabras quedasen perfectamente escuchadas.

Ella carraspeó, llevándose la mano frente a sus labios carmesí.

  • No quisiera que mi invitado se lo tomara tan a mal pero cuesta creer que aquello que escribiste pudiera llegar a ser cierto, viendo la forma en la que te has presentado. No discuto que me llama la atención esa suerte de… disfraz, que te has puesto para venir. Un poco arcaico, chapado quizá a la antigua, y sobretodo el tema de las lentillas .Al principio impresionan, pero no es lo que… esperaba…-

 

  • Oh, es una lástima que éste vodevil no sea de tu agrado, pero no deja de ser una suerte de máscara, de fachada que poner entre quién soy y quién eres. Soy de los que prefieren ocultar su vida, ponerla a un lado, no dar nombres, no dar dirección, tan sólo… aparecer. Adoro el misticismo, por supuesto, gala hago de ello con mi aspecto, pero eso no quita que siempre cumpla con aquello que prometo. Tampoco voy a dármelas de aquél que ha seducido a decenas, a cientos que han querido no dejarle escapar tras quedar extasiadas con mis habilidades, pues como bien señalas aunque sea de forma no verbal, apenas me ha dado tiempo en mi vida siquiera a salir de la biblioteca. –

 

Ella entrecierra los ojos, dubitativa, pensativa.

  • Y sin embargo… me escribiste esas palabras, me hiciste creerlas hasta el último ápice. He creído que serías tu quien me libraría de la rutina, quien me haría ver algo más.- se encoge de hombros,. Bueno, no siempre se tiene lo que uno quiere.

 

  • Ahí tengo que darte la razón, querida. Absolutamente ciertas son esas palabras, y de ahí que me atreva a hacer la siguiente cuestión, ¿sería posible una copa de vino? La charla es interesante y es mejor que nuestras gargantas no queden secas, aunque quieras que le quede poco a la conversación..

 

Ella dudó, casi incrédula ante esa petición. Era cierto que no había pedido que se marchara, pese a ser esa su intención, pese a sentirse aburrida, y sin embargo, la forma con la que él había llevado la conversación hasta ese punto le resultaba cuanto menos curioso. Se alzó de la silla y se dirigió a la puerta que daba a la cocina.

  • Que no se diga que por lo menos no soy buena anfitriona…- apenas tardó unos minutos en volver al lugar con una botella de tinto y un sacacorchos. En la mesa, dos copas, pero su invitado se encontraba de pie junto a la ventana, observando el mismo paisaje que ella hubiera contemplado hacía unos minutos.

 

  • Me he tomado la libertad de coger las copas, dado que las he visto en la vitrina. Me ha sorprendido que las tuvieras guardadas, al igual que la botella, pese a que claramente esperabas mi llegada, nerviosa.- no se giró para contemplar como la mujer descorchaba la botella.

 

Ella tomó las copas sin reproche y las llenó de vino, sin ser algo excesivo. Dejando la botella a un lado, tomó ambas y se dirigió a su lado, entregándole la correspondiente.

Él se giró y con una ínfima reverencia tomó la suya. Un nuevo gesto de su mano, y ella tomó el asiento previo a su llegada, ésta vez dando la espalda a la ciudad. Observó cómo él se llevaba el néctar a los labios, saboreándolo, deleitándose con el amargor característico de ese brebaje.

  • Delicioso… como no podía ser de otra manear en una cita. Anda, bebe, no seré el único que lo pruebe.-

La mujer asintió, obrando de igual manera.

 

Cuando dejó la copa  a un lado y alzó los ojos desde su posición, pudo ver como él la miraba, con un aire de respeto, con una pizca de altanería. Ella sintió ruborizarse ligeramente sus mejillas ante esa imagen.

  • He de reconocer que eres una sumisa excelsa. Has obrado a todos mis mandatos con diligencia, mejor de lo que cabría esperar, y eso que apenas hemos hablado del tema y mucho menos hemos formalizado la relación. Supongo que el consentimiento tácito es consentimiento, ¿verdad?.-

Con extrañeza, reaccionó a esas palabras, comenzando a mostrar una sonrisa para ir convirtiéndolo poco a poco casi en una carcajada.

  • No…no te lo tomes a mal…pero esto…esto dista mucho de ser… de ser…- en ese mismo instante, su risa cesó, de golpe, y sus ojos se abrieron estupefactos, clavándolos en los argénteos que la miraban como si hubiera ganado una partida que ambos jugaran.

Abrió los labios, miró la copa, la botella, la silla, y en su mente todo pareció encajar como un aterrador rompecabezas. No se movió de su asiento, llevando su mano a la copa y bebiendo un nuevo trago, con el rostro congelado en esa mueca de incredulidad.

  • No es posible…yo…yo…-

 

  • Tú te has sentado cuando así lo he pedido, no me has dicho que me fuera cuando yo he querido quedarme. Me has servido un vino que tu a priori no pensabas beber, pues ya sea porque desconoces ciertos protocolos de cortesía en éste tipo de relaciones, bien porque querías que el cambio en tu vida fuera totalmente abrupto, a golpe de cadera, lo tenías guardado. Te has venido a mi lado cuando así lo ha ordenado mi mano, y ahora, tus mejillas no pueden ocultar que has caído bajo mis encantos sin siquiera darte cuenta.- se acercó a ella y llevó su mano a la mejilla caliente, acariciando con delicadeza la piel. Su pulgar se fue acercando poco a poco a la comisura, mientras sus miradas seguían puestas la una en la otra. Acarició tenuemente sus labios, casi como si desandara el camino dibujado por el maquillaje.

 

Una nueva sonrisa, de satisfacción, de triunfo, en el rostro del joven, gesto que se vio ampliado cuando al retirar la mano, el cuerpo de la mujer, de forma inconsciente, quiso seguirla por un instante, queriendo que ese contacto no cesara.

  • Cómo lo has…-

 

  • Shhh… la noche es joven, querida, es joven y aguarda grandes momentos y además… aún no estás suplicando…-

Wulfnar

4 Blog Mensajes

Comentarios