Quid pro quo, Clarice

Soy un animal, lo reconozco. Un puto Anibal Lecter. Con la diferencia de que al final yo ni siquiera me como a mis víctimas. Sólo me interesa deleitarme con el brillo de sus pupilas mientras las humillo hasta límites que ni ellas mismas imaginaban que podían soportar...

Soy un animal, lo reconozco. Un puto Anibal Lecter. Con la diferencia de que al final yo ni siquiera me como a mis víctimas. Sólo me interesa deleitarme con el brillo de sus pupilas mientras las humillo hasta límites que ni ellas mismas imaginaban que podían soportar. Un hedonista al fin y al cabo que disfruta de las cosas bellas de ésta vida. Solo que para mí la belleza se encuentra en un quejido, una marca o una súplica.

No os voy a engañar, muchas veces he creído que estaba enfermo, sobre todo al principio, cuando empecé a notar cómo me excitaba el hecho de humillar e infligir dolor. Pero tranquilos, enfermo o no, he aprendido a vivir con ello. Lo bueno de todo esto, mis queridos amigos, es que no disfruto si no sé fehacientemente que la otra parte lo está haciendo. Quid pro quo, Clarice, quid pro quo.

Fue así como descubrí que sin consenso, todo ese dolor, ese sufrimiento, esa entrega, no tenía ningún sentido. No me basta con ver la sangre, ni escuchar los gemidos. Deben ser por, y para mí. Si no soy yo el Axis mundi de esa entrega, no me sirve.

Intenté al principio ahogar éstos sentimientos en páginas porno de lo que se conoce como la Internet profunda, la Deep Web, el lado oscuro de esa pantalla en la que ahora me lees. Pero no funcionó. En el fondo sabía que si no era yo quien provocaba esa angustia, toda esa parafernalia de cuero y látex no surtía ningún efecto.

Y comencé a buscar, y descubrí que tenía nombre: Sadismo. Y vi que no era el único. Y respiré aliviado.  Pero evidentemente, uno no descubre que es un sádico de la noche a la mañana. ¿Cómo llega esa sensación a hacerse inevitable? ¿De dónde sale? ¿Cómo se manifiesta?

Pues lamento contradeciros, pero en mi caso fue así. De la noche a la mañana. Un simple bofetón fue lo que cambiaría mi manera de entender la sexualidad, las relaciones de pareja, e incluso la visión que tenía de la propia humanidad y del ser humano.

Porque, ¿quién no se retrotrae hasta su más tierna infancia al recibir un bofetón? Nos volvemos débiles, inocentes, nuestro cuerpo se para por completo para calcular qué ha pasado exactamente y es ese momento, en ese preciso instante, cuando somos más vulnerables. Imaginad lo que sucede cuando la caricia en la cara va a acompañada de otras lindezas… Belleza en estado puro.

Llegados a éste punto, algunas estaréis a punto de vomitar, otras, con las bragas mojadas al imaginar que sois vosotras a quienes se asesta semejante dosis de adrenalina. Pero precisamente eso es lo que hace maravilloso éste mundo. La diversidad.

No te pido que lo compartas, ni siquiera que lo entiendas. Tan solo te pido que lo respetes. Porque ten por seguro, que de mi mano no ha salido ni saldrá jamás un bofetón que no haya sido rogado y consensuado antes. ¿Imaginas poder hacer lo mismo con tu pareja? Plantearle y llevar a cabo situaciones tan descabelladas que harían sonrojarse a una puta del Barrio Rojo de Moscú. Y todo eso, sabiendo que ella está aún más ansiosa y expectante, deseosa de recibir de tu mano esos azotes que, en cada marca de su piel, la hacen más y más tuya. Eso, amigo mío, es libertad: la tuya, de ser quien eres sin temor a ser juzgado; la suya, de ser quien es sin velos ni cortapisas. Quid pro quo.


Sarastro

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